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Lo que aprendí para que la temporada alta no me pille con el pie cambiado

Recuerdo perfectamente un martes de julio, eran las 3 de la tarde y el termómetro de mi móvil marcaba 41 grados en Triana, Sevilla. Estaba en el suelo de la cocina de mi piso en Pagés del Corro, con una fuga de agua, intentando arreglar una tubería que goteaba. Tenía la camisa pegada a la espalda, empapada. A la vez, el teléfono no dejaba de sonar: un huésped no encontraba las llaves de un apartamento en la Alameda de Hércules, otro me preguntaba si el aire acondicionado del piso de San Vicente funcionaba (no funcionaba, claro, en pleno julio) y un tercero, que acababa de llegar, se quejaba de que la cafetera no iba. Sentía la cabeza a punto de explotar, la boca seca del calor y los nervios. Ahí, sudando la gota gorda y con el móvil vibrando sin parar, pensé: "Esto no puede seguir así. Me va a dar algo antes de que acabe el mes."

De anfitrión a bombero: el problema real de la temporada alta

La temporada alta es una bendición y una maldición, ¿verdad? Por un lado, vemos cómo las reservas suben como la espuma, las tarifas se disparan y la ocupación de nuestros 4 o 5 (en mi caso, tengo 7) pisos está al 98% casi sin darte cuenta. ¡Yujuu! Pero por otro, y aquí es donde la cosa se pone fea si no estás preparado, es como si todos los problemas que hibernan el resto del año despertaran de golpe. El aire acondicionado que fallaba una vez al mes ahora falla cada dos días. La cafetera que ya chirriaba, ahora se rompe del todo. Y lo peor, los huéspedes, que son muchos más, esperan que todo sea perfecto.

El problema real no es la cantidad de trabajo, sino la forma en que lo gestionamos. Si no tienes un sistema, pasas de ser un anfitrión a un bombero, apagando fuegos todo el día. Y no me digas que no te ha pasado: la llamada a las 11 de la noche porque la cerradura inteligente no va, el mensaje a las 7 de la mañana porque la caldera no enciende, el WhatsApp de la limpiadora diciéndote que "no hay toallas limpias en el armario". Es un estrés constante que te come por dentro y te impide disfrutar de lo bueno que trae el verano. Te aseguro que a mí me pasó más veces de las que quiero recordar.

Lo que probé y me hizo perder tiempo (y pelo)

Al principio, con la inocencia del que empieza y la arrogancia de pensar que podía con todo, intenté gestionarlo a base de esfuerzo puro.

Lo que sí funciona: operativa a prueba de veranos

Después de ese verano infernal en Sevilla, me senté y decidí que algo tenía que cambiar. Lo primero que hice fue reconocer que no podía con todo y que la clave era prepararse antes de que llegara el aluvión. Y esto es lo que, después de un par de años de prueba y error con mis 7 pisos, me ha funcionado de verdad para tener la operativa engrasada:

1. Puesta a punto exhaustiva de cada piso (y me refiero a EXHAUSTIVA)

No esperes a que se rompa el aire acondicionado. En mayo o principios de junio, antes de que el sol pegue de lleno, haz una revisión a fondo:

2. Comunicación con el huésped: automatiza lo repetitivo, personaliza lo importante

Aquí es donde más tiempo se pierde y donde más puedes ganar. No se trata de deshumanizar, sino de ser eficiente.

3. Calendario de mantenimiento preventivo y equipo de confianza

No esperes a que se rompa algo. Anticipa.

4. Guiones y protocolos para emergencias

¿Qué pasa si el aire acondicionado deja de funcionar? ¿Si un huésped pierde las llaves? ¿Si hay una fuga de agua?

Mis números y la paz mental que gané

¿Y todo este rollo se traduce en algo? Pues sí, y te lo digo con datos:

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